jueves, 18 de agosto de 2016

Murmullos entre la maleza

Para Sebastián 

  El viajero apoyó el fardo en el sendero polvoriento para echar una última mirada al pueblo que dejaba atrás, y enseguida volvió a cargarlo sobre su hombro, soltando un suave quejido. Aquella villa, que a su llegada le había parecido tan acogedora y donde había creído que terminaría por fin su viaje, le pareció ahora fría, ajena. La indiferencia con que le decían adiós esas ventanas y puertas cerradas al gélido amanecer lo enfureció por un momento, y maldijo por lo bajo. Sabía, sin embargo, que no podía enfadarse. Había pasado algunos momentos dichosos en ese lugar; había disfrutado de la compañía de quienes lo habían recibido, y a su vez ellos habían celebrado la experiencia de conocerlo. Nadie tenía la culpa de que ese no fuera su sitio en el mundo, de que para esa gente la presencia de un desconocido fuera agradable pero no imprescindible; de que él mismo, pasado el entusiasmo inicial, no encontrara una verdadera razón para quedarse allí. Se marchaba de la misma forma en que había llegado. A nadie le había incomodado su visita… y tampoco le molestaba a nadie su partida. 
  El muchacho suspiró y procuró deshacerse de la angustia que le embargaba el pecho. Llevaba consigo al menos nuevas memorias gratas que lo acompañarían durante las noches de soledad; pero comenzaba a creer que nunca encontraría lo que buscaba. En la mayoría de los poblados que visitaba la gente era amable, alegre, incluso generosa; la vida, sencilla y apacible. Él apreciaba estas cosas… le ayudaban a borrar el recuerdo de la hostilidad con la que también se cruzaba de cuando en cuando. Pero no era cortesía y simpatía lo único que esperaba intercambiar con sus semejantes. Y ansiaba experimentar algo más que la dulce pero invariable cotidianidad.



  Ya fuera de la villa, el camino atravesaba un profundo bosque que el viajero debía cruzar para llegar al próximo poblado. Mientras se adentraba en la espesura, donde el sendero se reducía a una fina línea de tierra, el muchacho comenzó a preguntarse cómo sería la gente de esa aldea, cómo los abordaría al llegar, pero pronto la belleza del entorno disipó sus reflexiones. El aroma de los pinos; el canto de las aves; la luz del sol que se filtraba a través de las copas de los árboles, salpicando el suelo de manchas brillantes; la brisa que le acariciaba el rostro y alborotaba sus cabellos. Había una inexplicable atmósfera en el interior de ese bosque... El aire parecía cargado de una ansiosa expectación que se intensificaba con el transcurrir de los minutos. 
  Apenas pasado el mediodía, el viajero se detuvo para tomar un rápido almuerzo. En un principio había estimado que por la tarde se hallaría a las puertas del siguiente pueblo, pero ahora descubría que el bosque era más grande de lo que había calculado y que tal vez no lograría atravesarlo antes del anochecer. No sería la primera vez que tuviera que dormir a la intemperie, la perspectiva no lo preocupaba. Por el contrario, pensó, sorprendido; se sentía muy a gusto allí y hasta se alegraba de tener una excusa para no abandonar el bosque aún.
  De pronto, percibió una presencia deslizándose vertiginosamente detrás de los matorrales que flanqueaban el estrecho camino. Una rápida inspección le reveló que no había nada en el sitio donde había creído ver movimiento; sin embargo, a partir de ese momento ya no pudo librarse de la sensación de que alguien lo espiaba. Se preguntó si aquello sería un engaño de su mente y, en caso de que no lo fuera, si debería alarmarse. Tal vez algún bandido lo había seguido desde la aldea hasta ese lugar donde ya nadie podría oírlo si pedía ayuda. El viajero se encogió de hombros; podría enfrentarse a un ladrón o dos. Tampoco sería aquélla la primera vez que tuviera que defenderse de un atacante, se dijo, recordando fugazmente la historia de algunas de sus cicatrices. Sabía, no obstante, que estaría perdido si tenía que vérselas con una pandilla. Pero, pensando detenidamente en ello, descubrió que la presencia no le inspiraba temor. Aquel ser que no se dejaba ver no emanaba hostilidad sino una intensa pero despreocupada curiosidad.
  -Tal vez sólo sea una ardilla- murmuró, y enseguida soltó una risa nasal, burlándose de su propio razonamiento. Por curioso que le pareciese, algo le decía que aquello no era un animal… Ni tampoco un humano.
  Y aunque no comprendía por qué, no tenía miedo. Lo único que sentía en aquel momento era ansiedad, la misma ansiedad que se respiraba en el bosque, una excitación que iba creciendo en su interior conforme avanzaba el día.


  Al declinar la tarde, el viajero atisbó un claro en medio de la arboleda. Llegaría allí pronto y pensar en ello le produjo una inexplicable oleada de emoción. La susurrante presencia lo había abandonado por momentos, pero desde hacía buen rato lo seguía sin tregua e incluso parecía hallarse más cerca. Lentamente la oscuridad se adueñó del paraje; nuevos murmullos brotaron de la negra fronda. El viajero se detuvo de súbito y contuvo la respiración… Sentía ahora decenas de ojos puestos en él y una luz se había encendido en el claro. En el silencio, interrumpido de cuando en cuando por los rumores forestales, crepitaban suavemente las llamas de una hoguera; una risita femenina, traviesa y sensual, se elevó por encima de los demás sonidos. Luego de unos instantes de vacilación producida por la sorpresa, el muchacho se precipitó hacia el claro, donde se originaba la voz, ansioso por desvelar el misterio. Sus compañeros ocultos fueron detrás de él y ahora los escuchó cuchichear y reír. Aunque desde un primer momento había abrigado esa sospecha, el viajero tuvo entonces la certeza de que no se trataba de animales o maleantes, de que aquellas criaturas tímidas que lo vigilaban desde sus escondites entre la maleza no pertenecían al reino de los mortales. A pocos pasos del claro, el muchacho se detuvo de nuevo, de pronto cansado del juego.
  -¡Mostraos de una vez, ya que me habéis seguido durante todo este tiempo! ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?
  Poco a poco, los murmullos fueron acercándose. El viajero quedó atónito al verse rodeado de jóvenes de largos cabellos adornados con guirnaldas de flores y hojas secas, vestidos con túnicas de seda blanca.
  -¿Quiénes somos? –dijo una joven pelirroja, adelantándose con expresión risueña- Algunos nos llaman Áes Sídhe o el pueblo de las hadas o simplemente el Pueblo… ¡Cualquiera podría reconocernos!
  El viajero frunció el entrecejo, un poco ofendido por el tono burlón en que la muchacha le había hablado. Se cruzó de brazos.
  -Yo no sabía nada de vosotros, ¿cómo iba a reconoceros? Y no has contestado mi segunda pregunta, ¿qué queréis de mí?
  La chica alzó la barbilla, con expresión orgullosa.
  -No queremos nada de ti, y en caso de que también te lo preguntes... No, no te haremos daño. Algunos afirman que podemos ser malvados y aterradores, pero dicen eso porque no comprenden nuestro poder.
  El rostro del viajero se distendió.
  -A la gente le gusta decir tonterías –murmuró con fastidio. La pelirroja se le acercó un poco más, estudiando su rostro sin disimulo y frunciendo el ceño en un gesto de concentración.
  -Sí que eres extraño, humano… -dijo, entornando sus sesgados ojos verdes-. Vienes de muchos lugares pero no eres de ninguna parte.
  Una expresión de perplejidad se dibujó en el rostro del viajero.
-¿Cómo puedes saber eso ?
  -Nosotros –comenzó a decir un joven de cabello negro, acercándose también- sabemos muchas cosas…
  -Lo que no sabemos es si piensas quedarte a la celebración –comentó otro, de melena dorada y grandes ojos azules, con expresión dubitativa-. Creíamos que habías venido aquí, justo en este día, para festejar con nosotros… Pero dices que no nos conocías; es evidente que nos equivocábamos.
  -Sólo intentaba cruzar el bosque. No tenía idea de que hubiera una celebración. Los Áes Sídhe intercambiaron miradas de asombro. Una muchacha de cabello castaño y nariz respingona soltó una carcajada.
  -¡Qué curiosa criatura eres en verdad! –insistió la pelirroja-. ¿Quién podría no saber de la celebración?
  -¡Es la noche de Beltane! –exclamó una joven rubia, dando un salto.
  -¡La noche de Beltane! –corearon algunos de sus compañeros, y luego aplaudieron y soltaron aullidos de alegría.
  -El comienzo del verano, ¡el renacimiento! –dijeron otros.
  Una hechizante melodía comenzó a sonar en el claro. Los Áes Sídhe giraron en torno al viajero, haciéndole comentarios.
  -¿Escuchas la música del Pueblo de las Hadas?
  -¡Oh, danzaremos alrededor del fuego hasta el amanecer!
  -La gente hará fogatas para protegerse de nosotros, ¿puedes creerlo?
  -¡Cómo si el fuego nos asustara! -¡Nuestras hogueras brillarán más que las suyas, y las encenderemos sólo porque amamos la luz y el calor!
  La pelirroja se detuvo y chistó para acallar el parloteo de los demás.
  -Di que te quedarás –le suplicó al viajero, tomándole las manos, y él, cautivado por la belleza de la muchacha, no pudo resistirse. Aunque no sabía si era prudente aceptar la invitación, se dejó conducir al claro, donde una congregación más numerosa de Áes Sídhe se divertía en torno a una gran fogata. Algunos echaban leños a las llamas; otros danzaban, cantaban, reían; todos bebían hidromiel y comían carne asada al son de la música que ejecutaba un grupo de jóvenes. Los sonidos de la gaita, el bodhrán, el violín, el arpa y la flauta traversa se combinaban exquisitamente con las voces de los cantantes. La presencia del humano desconocido llamó la atención de los otros, pero ninguno hizo ademán de dejar lo que estaba haciendo para ir a investigar. La pelirroja aún tenía sus tibios y delicados dedos entrelazados con los del viajero; dándole un suave tirón, lo invitó a unírsele en la danza. Poco a poco todos los allí reunidos, excepto quienes tocaban los instrumentos, se cogieron unos a otros de las manos y comenzaron a bailar en círculo alrededor de las llamas que se elevaban hacia el cielo. Brincaron sobre la hierba descalzos, agitando sus faldas y túnicas; sacudiendo sus cabellos, destellantes a la luz del fuego.


  A medianoche, mientras el Pueblo de las Hadas danzaba y reía en compañía del viajero, una dama vestida de negro se presentó en el claro. Un cambio instantáneo se operó en los Áes Sídhe. La música y la danza se detuvieron de repente y todos los rostros, antes acalorados y risueños, se volvieron con expresiones de solemne respeto hacia la recién llegada. Aunque no comprendía la actitud de sus compañeros ni conocía a la mujer, el viajero se sintió subyugado por el poder que irradiaba su presencia. La dama sonrió con cierta displicencia y agitó una mano en dirección a los músicos, que de inmediato volvieron a hacer sonar sus instrumentos. Algo titubeantes al principio, los bailarines alzaron las cabezas, que habían inclinado ante la mujer, y se entregaron una vez más a la danza, pero sin apartar los ojos de ella.
  Haciendo ondular su oscuro vestido, la dama avanzó lentamente hacia el centro del claro, donde se encontraba el viajero de pie, intrigado pero guardando silencio con respeto, aunque estaba aturdido por el hidromiel y el frenesí de sus recientes movimientos al son de la música. Los bailarines fueron apartándose con reverencia al paso de la mujer, murmurando palabras como señora y majestad. Algunos rieron con timidez de la cara que había puesto el humano cuando la dama se detuvo ante él. Sin dejar de danzar distraídamente, el grupo los rodeó, lanzándoles miradas de picardía de tanto en tanto.
  -Bienvenido, forastero –dijo la señora. Su voz, femenina pero grave, fría y susurrante, evocaba el sonido del agua al discurrir a través del cauce de los arroyos; el soplido del viento entre las hojas de los árboles.
  El muchacho se inclinó de la forma en que lo habían hecho los otros, pero la dama, apoyándole los dedos bajo la barbilla, lo obligó con suavidad a alzar la cabeza. Tembloroso aún por el efecto de aquel contacto, el viajero contempló el semblante de la mujer, hermoso y severo, enmarcado por una cortina de cabello negro ondulado, que acentuaba la palidez de su piel. Sus ojos, ligeramente rasgados, claros como el hielo, se posaron en los de él. Pese al sobrecogimiento que esa mirada gélida y penetrante le produjo, el viajero no bajó la vista y la mujer sonrió satisfecha.
  -¡Cuántas preguntas, cuántas dudas, cuántos anhelos se agitan dentro de esos pozos oscuros, brillantes y profundos! –murmuró ella-. No podré satisfacer tantas inquietudes, al menos no todas juntas esta vez, pero no saldrás de este bosque de la misma forma en que entraste.
  -En vuestra presencia, señora mía, me siento satisfecho y en paz. Nada más me hace falta saber… Aunque sería un necio si rechazase el saber que me ofrecéis.
  Ella sonrió, complacida por el cumplido.
  -Escucha mis palabras, entonces –le dijo, y se inclinó hacia él para hablar cerca de su oído. Luego se volvió a los bailarines y llamó a la joven de cabellos rojos. -Asegúrate de que mi invitado coma, beba y se divierta como nunca antes –le ordenó.
  La doncella asintió y tomó al viajero de las manos una vez más, atrayéndolo hacia sí. La dama les dedicó una última sonrisa y se alejó del claro con andar pausado y altivo. El viajero la siguió con la mirada cargada de admiración y agradecimiento hasta que desapareció entre la arboleda. No creía que pudiese caberle más comida ni tolerar una gota más de hidromiel, pero los Áes Sídhe insistieron y el viajero aceptó los alimentos y la bebida que le ofrecían hasta que las piernas le fallaron y se desplomó en el suelo. Con la visión borrosa de una confusión de cuerpos cubiertos de seda blanca en impetuoso movimiento, se quedó dormido.


  La mañana estaba avanzada cuando el viajero finalmente despertó, atolondrado por la borrachera. El claro estaba desierto.
  -Menudo sueño he tenido –murmuró, decepcionado, tanteando su bota de vino. Al destaparla, sin embargo, se percató de que aún estaba llena y, buscando una explicación, recorrió el claro con la mirada. Aún quedaban allí los restos humeantes de la fogata que había ardido durante el festín. ¿Podía ser que esa extraordinaria historia hubiera ocurrido en verdad? El muchacho se levanto a los tumbos, pero logró mantenerse en pie. El aire frío de la mañana le ayudaría a recobrar la compostura. ¿Habría encendido él mismo ese fuego? Asintiendo con la cabeza, se dijo que no cabía otra posibilidad, y no supo si esta idea le causaba alivio o desánimo. ¡Pero su bota estaba llena!, ¿de dónde había salido entonces la bebida que lo había embriagado?, se preguntó de inmediato, incapaz de aceptar aún que lo había imaginado todo.
  -¿Dónde estáis? ¿Por qué me habéis dejado solo?–le gritó al vacío, de pronto desesperado.
  Una ramita crujió en alguna parte y el viajero se volvió esperanzado hacia el lugar de donde había provenido el sonido. Aguardó por unos minutos, agudizando el oído y la vista, hasta que su actitud le resultó ridícula.
  Estaba solo. Completamente solo otra vez. Quizás lo había estado todo el tiempo... Avergonzado de sí mismo, suspiró y se dispuso a reanudar la marcha. Todavía le quedaba un buen trecho de camino por recorrer. Una vez más cargó el fardo sobre su hombro y abandonó el claro.
  -Sin embargo fue tan real… –murmuró, mientras se internaba en el estrecho camino que zigzagueaba en medio de la arboleda.
  Entonces una extraña sensación se apoderó de él. ¡Decenas de ojos lo observaban! Escuchó un rumor suave, como de pies descalzos desplazándose al abrigo de la espesura, y le pareció oír risas ahogadas. La noche de Beltane había terminado, el Pueblo no se dejaría ver hasta una nueva ocasión especial, ¡pero allí estaba!
  El viajero echó una mirada en torno; los latidos de su corazón se aceleraron, una sonrisa se esbozó en sus labios. A su mente acudió la imagen de la dama oscura, y recordó las palabras que ella le había dicho al oído…
 Toda tu vida buscaras un lugar donde echar raíces, comenzó a recitar para sí mismo, toda tu vida procurarás hallar la compañía de gente que piense y sienta igual que tú. Llegarás a sitios donde estarás a gusto por un momento, y tal vez habrá alguno donde querrás quedarte para siempre. Te rodearás de personas que te acompañarán durante un tiempo y conocerás también a otras que estarán contigo hasta el fin de tus días. Pero ocurra lo que ocurra en ese mundo en el que debes vivir, ahora que nos has encontrado, ya nunca más estarás solo.”
  El viajero inspiró profundamente, satisfecho, en paz, feliz por primera vez en mucho tiempo, y siguió andando, acompañado por un constante murmullo de pisadas entre la maleza. 

☽ Eneele H. (C) 2014 

Inspirado por la canción Walpurgisnacht (y su video) de Faun <3 


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