jueves, 18 de agosto de 2016

Labios tiesos

  Cuando el fellah calló y el arqueólogo fue consciente otra vez del bullicio de la excavación, un escalofrío le corrió por la espalda, aunque ese día el cielo y la tierra ardían en el Valle de los Reyes. La obsesión que lo había lanzado a una búsqueda encarnizada y vana, aplacada finalmente por el desánimo luego de dos décadas, resurgió de las sombras del olvido cuando menos lo esperaba. Victor Bartram tenía ahora cincuenta y tres años, y era supervisor de las excavaciones financiadas por lord Halifax en el valle. Allí, bajo el implacable sol de Egipto, no solía pensar ya en su antiguo, enfermizo deseo de destruir al peor enemigo de la humanidad, y no habría permitido que los desvaríos de un supersticioso fellah lo trastornaran, a no ser porque ese pobre campesino no tenía forma de saber acerca de la hermandad secreta de eruditos que conjeturaba sobre la existencia de las tablillas. El hombre no podía haber tenido acceso a la estela que había inspirado las suposiciones de la orden; sólo podía haber obtenido la información por otros medios, y eso quizás significaba que las tablillas en verdad existían. Pero no fue este argumento lo que convenció a Victor, fue la lengua que el fellah había usado, la lengua en que el texto perdido estaba escrito… una lengua que había desaparecido cuatro mil años atrás. El campesino, sin embargo, la había hablado con fluidez, aferrando el hombro del arqueólogo, clavándole los dedos en la carne, con los ojos en blanco como un poseso.
  Pese a que nadie en la hermandad conocía ese idioma extinto mejor que él, Victor no alcanzó a comprender todas las palabras; pero el mensaje del campesino le resultó claro de cualquier forma: cuando lo creyese oportuno, debía ir al bazar Khan El-Khalili, en El Cairo, donde alguien lo encontraría sin que él lo buscara, y lo ayudaría en su misión.

  Cuando Victor salió de su abstracción, el fellah ya había regresado a su puesto entre los excavadores. En un primer momento, asustado por algún motivo que no logró vislumbrar, el arqueólogo se dijo que debía olvidar lo que había ocurrido. Intentó concentrarse en su trabajo, pero en el interior de su tienda, sumido en pensamientos contradictorios, el aguijón de la duda fue hundiéndose en su conciencia más y más con el paso de las horas, y el veneno finalmente le paralizó la razón. Supo que no podría desentenderse del asunto, y salió de la tienda, dispuesto a investigar. Las sombras del atardecer ya envolvían el yacimiento, un chacal aullaba en la lejanía. El campesino escuchó el relato de Victor con los ojos muy abiertos y al final sacudió la cabeza y dijo en su forzado inglés que aquel día no había hablado antes con él en ningún momento; y como el arqueólogo comenzó a zamarrearlo y a vociferar, se apartó con la mirada llena de temor, y ya no regresó a la excavación al día siguiente. 


 El desasosiego se apoderó de Victor. Le parecía que algo sombrío aguardaba a las puertas del descubrimiento, y esa sensación lo colmaba de incertidumbre. Pero ante una revelación como la que quizás estaba a punto de obtener era natural que sintiera algo de inquietud; ¿perdería por esta razón la increíble oportunidad de erradicar el temor más grande de todos los tiempos? La obsesión había sido aplacada por los años, sí, pero el temor que la había engendrado, el temor de toda la raza humana, lo acompañaría mientras durara su vida… lo acompañaría hasta convertirse en una irrevocable realidad. Ya que estaba resuelto a seguir aquella inesperada pista, decidió que lo mejor sería buscar ayuda, y telegrafió a Byron Lockwood, colega y viejo amigo suyo, que aún pertenecía a la hermandad, para pedirle que se reuniera con él cuanto antes por un motivo de suma importancia.  


  El señor Lockwood respondió el cablegrama diciendo que estaría en El Cairo en tres semanas, y Victor pensó que sería mejor esperarlo allí, aunque se dijo que no visitaría el bazar hasta que su amigo hubiera llegado. La tentación, sin embargo, comenzó a crecer dentro de él, y en la mitad de la segunda semana de espera de pronto le fue imposible resistirse.
  -El conocimiento para vencer a la muerte –murmuraba una y otra vez mientras se dirigía al zoco-, el conocimiento para vencer a la muerte podría ser mío. Sólo mío. El conocimiento para vencer a la muerte…
  Después de todo, la hermandad había buscado durante décadas en todos los libros de sabiduría oculta disponibles en el mundo y no había encontrado rastros de las tablillas, mientras que él se había topado por ventura con alguien que parecía saber algo concreto al respecto. Quizás alguna fuerza poderosa lo había escogido para develar el misterio y acabar con la maldición impuesta a los hombres. Con el saber que las tablillas ofrecían, él encontraría la forma de derrotar a la muerte, y un cambio radical se experimentaría en las culturas, las religiones, las sociedades. Sí, estaba haciendo lo correcto. El fellah mismo lo había dicho… esa era su misión. Su preocupación ante lo desconocido no le haría privarse de ese privilegio.
 

  Era de tarde, pero el calor aún se aferraba a los muros, a la tierra, a los adoquines de la calle, a la piel y a las vestimentas de la muchedumbre que se movía en una y otra dirección por el bazar Khan El-Khalili. El regateo, las risas, las protestas llenaban los oídos de Victor mientras se abría paso entre los transeúntes, y miraba a uno y otro lado, en busca del desconocido que debía acercársele. Los objetos danzaban ante sus ojos, ejecutores silenciosos de una danza macabra… perfumeros de vidrio, lámparas doradas, narguiles, alfombras abigarradas... Encerrado en el ojo de aquel torbellino de colores, de destellos, de luces y de sombras, de olores indescifrables y sonidos incomprensibles, el arqueólogo comenzó a sentirse enfermo. Estaba mareado, y bañado en sudor, y la picadura de mosquito que tenía en la pantorrilla desde hacía una semana le escocía ahora de manera insoportable.
  El mercado estaba atestado de hombres locales de tez curtida por el sol, que llevaban túnicas, trajes oscuros, turbantes, fez rojos en la cabeza; de mujeres con el rostro cubierto; de extranjeros con sus trajes claros entallados, sus sombreros de ala ancha, sus clochés. Ningún rostro, entre todos ellos, le sugería algo al arqueólogo. Su informante podía ser cualquiera… o ninguno. Pero alguien tenía que aparecer. Era el momento indicado, de eso estaba seguro. Sólo rogaba que el mensajero apareciera de una vez por todas; su malestar y su desesperación crecían momento a momento.
   Y entonces, algo le llamó la atención. De pie bajo un arco había un hombre envuelto en una capa negra. Lo miraba con fijeza, o esa fue la impresión que tuvo Victor, porque desde donde estaba no llegaba a ver en qué dirección apuntaban los ojos del extraño. A decir verdad, tampoco podía ver sus ojos... El sujeto usaba una máscara de metal que le hizo pensar a Victor en las caretas de los cascos ceremoniales que los soldados romanos de alto rango usaban durante los torneos de caballería. Había una sutil, insinuante sonrisa en el severo rostro de hierro que asomaba por la capucha. Victor se acercó un poco, y de pronto la boca se le secó y los latidos de su corazón se aceleraron… había creído ver que al final de la nariz recta cincelada no había orificios para respirar. Sintió el sudor frío descender por su espalda y en vano se enjugó la frente con la palma de una mano también sudada. Una vez más, y sin comprender por qué, no pudo albergar ninguna duda… Ese hombre no podía ser sino aquel a quien estaba esperando. Antes de dar un paso más hacia el encapuchado, que aún permanecía en su lugar, rígido como una estatua, Victor echó una mirada en torno y descubrió que todos en el mercado parecían indiferentes a la presencia del misterioso personaje; el temor lo sobrecogió por un momento, pero avanzó. El desconocido asintió ligeramente con la cabeza, entonces, y se echó a andar. Y el arqueólogo fue en pos de él, presa de una creciente angustia, y aun así incapaz de rechazar la muda oferta que el sujeto parecía repetirle cada vez que se volvía para asegurarse de que él estuviera siguiéndolo.
  -Debo estar delirando –se dijo Victor, deteniéndose un momento para recuperar el resuello-. Creo que tengo fiebre. Debo regresar al campamento; esta búsqueda es una tontería…
  Pero el fellah no se había equivocado. Alguien lo había encontrado en el zoco, en un día cualquiera, sin que hubiese tenido forma de saber que sería precisamente ese momento cuando él se presentaría. No, la búsqueda no era una tontería. Y lo que estaba ocurriendo ahora no era un engaño de su mente. Allí, a pocos pasos estaba el enmascarado, que también se había detenido y estaba esperándolo. Silencioso, oscuro, imperturbable. Victor debía seguir adelante.


  El hombre de la máscara se detuvo en una esquina para volverse una vez más hacia Victor, luego dobló y desapareció. Al perder de vista a su guía por un momento, el arqueólogo pudo volver a prestarle atención al entorno, y descubrió que habían abandonado el mercado y ni siquiera se había dado cuenta cuándo. No estaba seguro de dónde se encontraban, pese a conocer muy bien esa región de El Cairo. La cordura pareció regresar a él ahora que no tenía ante sí aquella presencia negra, intimidante y a la vez irresistible. ¿Lo habría seguido algún bandido? ¿Lo acecharía ahora, aguardando el momento de echársele encima para hundir un cuchillo en sus entrañas y robarle el dinero que llevaba? ¿Debería buscar quién le indicara dónde estaba?
  -¡Al diablo! –murmuró. No era momento para vacilar… ¡estaba a punto de descubrir el camino hacia la eternidad, el anhelo más grande de la humanidad desde el comienzo de los tiempos! Victor inspiró profundamente y dobló la esquina aprisa, ya sin otro temor que haber perdido al enmascarado para siempre.


  Nadie caminaba por las calles del vetusto barrio medieval. Si antes había estado desorientado, Victor supo con certeza en aquel momento que jamás había visto ese rincón de la ciudad. Tuvo la inexplicable, escalofriante sensación de que, al doblar la esquina, había dejado de estar en el mundo real. El paisaje era sencillo, ordinario, y a la vez, singularmente siniestro por la ausencia de movimiento, de ruido, de vida. Las puertas de las casas estaban cerradas, las ventanas, tapiadas; el abandono era tan añejo que le hizo pensar a Victor en las páginas de los libros viejos, que se quiebran y hacen polvo hasta con el más suave contacto de los dedos. En el silencio sepulcral que reinaba en el pasaje resonaron sus pasos torpes y su respiración agitada. Aunque su inicial angustia se había convertido en terror, tenaz en su resolución, Victor no retrocedió. Pero, ¿dónde estaba el enmascarado? Una mancha negra osciló a la vuelta de una nueva esquina; Victor jadeó y se echó a correr. La dirección que el desconocido había tomado llevaba a un callejón sin salida. Al final había un muro enmohecido y resquebrajado, salpicado de mosaicos rotos; en un extremo del muro, se abría una puerta de arco ojival. El enmascarado esperaba en el umbral, y al ver al arqueólogo aparecer, se precipitó al interior.


  La débil luz del crepúsculo no le permitió ver qué había más allá de la abertura; sin atreverse aún a entrar, Victor permaneció en el último peldaño de la escalinata que conducía a la puerta, apoyándose en una de sus jambas para no desplomarse en el suelo. Sus sentidos estaban embotados por el pánico, pero tenía la extraña impresión de que el temor no se originaba en su mente sino que venía desde el oscuro vacío al que daba la puerta, ese vacío que lo atraía hacia sí, como si se tratara de un ser tangible y, sin embargo, invisible. En las sombras distinguió la silueta apenas dibujada de un hombre que aguardaba en el fondo del recinto.
  -Masa’a AlKair –dijo una voz masculina, grave como la primera nota arrancada a un piano viejo y desafinado–. ¿O debo decir buenas noches? Sí, sí, ya veo… No eres de por aquí. Yo tampoco lo soy. Yo no pertenezco a ningún lugar… Y a la vez pertenezco a todos. La voz rió y Victor titubeó, obligando a su vista en vano a abrirse paso a través de las densas tinieblas.
  -N-no veo la necesidad de que hablemos a oscuras –dijo débilmente.
  La silueta volvió a reír; una risa nasal, sarcástica.
  -Demasiado tarde para echarme atrás, de cualquier forma –se dijo el arqueólogo en un susurro. Dos pasos hacia adelante. Sintió el olor a papel y humedad característico de los libros viejos, aunque no alcanzó a verlos. Eso lo tranquilizó un poco, no obstante, y renovó su convicción de que se hallaba en el sitio indicado; quizás las tablillas ya no existían, pero el conocimiento que buscaba se hallaba en alguno de esos libros… -Vine por las tablillas… la fórmula para acabar con la muerte. El sujeto esta vez soltó una ronca carcajada, que resonó en el vacío de la habitación, y guardó silencio por un momento antes de volver a hablar.
 -Oh, sé a qué te refieres… esa estela que encontrasteis en Turquía. No menciona ninguna tablilla, e so se os ha ocurrido a vosotros, y tú lo sabes.
  Victor se irguió, a la defensiva.
  -La estela menciona un saber… un saber que debe haber sido registrado de alguna forma… El sujeto chasqueó la lengua. -No, no, no. ¿Pero es que en verdad sois tan ingenuos? Insisto, esos fueron los delirios de vuestras mentes estúpidas y ambiciosas. Pero tus ideas me divierten, extranjero. Por favor, compláceme y dime exactamente qué fue lo que leísteis en esa estela…
  Victor se mordió los labios, nervioso; se echó el cabello húmedo de sudor hacia atrás y comenzó a recitar sin vacilaciones esas palabras que creía haber olvidado.
  -Busca hasta en los confines de la Tierra y encontrarás el saber que todos los hombres codician, y si pruebas tu valía serás quizás dueño del misterio que ni nuestros ancestros ni nosotros hemos podido desvelar. Cruzarás entonces el umbral de la oscuridad… y derrotarás a la muerte.”
  -Bastante bien –dijo la silueta oscura, en tono burlón-. Pero esa traducción no es del todo correcta. Permíteme corregirla… “Aunque busques en los confines de la tierra, nunca encontrarás el conocimiento que todos los hombres anhelan. Quizás un día alguien sea capaz de desvelar el misterio; mientras tanto seguiremos cruzando el umbral de la oscuridad, como lo han hecho nuestros ancestros, pues la muerte nos derrota a todos.” Era tan sólo una esquela funeraria… ¿Te das cuenta ahora? ¡Poesía, extranjero! Oh, pero qué curiosa imaginación tenéis vosotros…
 Victor sintió que las rodillas le flaqueaban; le  dolían las articulaciones y le parecía que la cabeza estaba a punto de estallarle.
  -P-pero el… el campesino me dijo… que viniera a El Cairo…
  -De nuevo comprendiste mal; ese pobre fellah sólo intentaba decirte que no vinieras a El Cairo, que tu misión te llevaría a la muerte. Ahora cruza el umbral, extranjero. No estás aquí para conversar… estás aquí para morir.
  En la entonación de esas palabras no hubo amenaza, ni malicia; sólo una fría, imperiosa certeza que las hizo sonar aún más estremecedoras. Victor se tambaleó, penetrando en la inalterable oscuridad, y creyó ver el tenue brillo velado de una superficie de metal. El resplandor se agitó entonces, y se desvaneció con un movimiento brusco, como si una mano lo hubiese hecho a un lado, y el hedor de la putrefacción inundó la habitación. Un sonido sibilante, agudo como el lamento del viento, llenó los oídos de Victor, y sintió frío, un frío que pareció traspasarle la piel, la carne y llegar hasta sus huesos.



☽ Eneele H. © 2016

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